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En Kayak de Mar por el Parque Pumalin

Texto: Dr. Patricio Herrera L

Por los fiordos

Se puede leer, buscando realismo mágico, a García Márquez. O se puede ir a la magia real de los fiordos de la Patagonia chilena. Porque allí no es necesario ser poeta ni escritor: la naturaleza impregna el alma con su magia real, tangible y misteriosa. El mar cambia de color, de brillo y de transparencia, y el viento que nace al medio día lo hace complicar un poco el control de la nave.

Oigo la voz firme de "Juanfe" (Juan Federico Zuazo), nuestro instructor, que va en otro kayak vigilando el progreso del grupo de nuevos navegantes mientras se adentran en el mar rumbo al primer fiordo, Quintupeo. Atrás quedó la increíble maniobra de cargar varios cientos de kilos de equipo y alimento para cuatro personas, para cubrir las necesidades de cinco o diez días de viaje, en previsión del cambiante clima de la zona más lluviosa de Chile. Tres horas de empacar las carpas y utensilios, hermetizando ropas, sacos de dormir y comida, ocupando hasta el más ínfimo espacio en el casco de los esbeltos kayaks, precedieron al inicio de la navegación por ese mar azul con rizos blancos, que fue llenando la costa rocosa poblada de bosque incomparable en variedad y majestuosidad.

Pasada la primera hora de remar, el viento hace que el mar, de color turquesa ahora, nos empuje por la popa haciendo surfear nuestros kayaks. Finalmente llegamos a un sitio propicio para encallar las naves, levantarlas en vilo para ponerlas a salvo de alzas de marea y, luego, descargarlas para armar campamento. El cielo se ha cargado de nubes, así es que levantamos deprisa las carpas y el toldo, mientras los truenos proclaman el chubasco que se avecina. Todo queda armado a tiempo, por lo que cenamos mientras llueve torrencialmente y, entre bromas y cuentos, nos preparamos a descansar. Antes, una mirada al mar. Como por arte de magia se ha ido del todo, dejando el rastro del río que refleja las luces del atardecer mientras se escurre hacia el oeste, en medio de un húmedo desierto de arena y piedras. Los kayaks están, a esta hora, a cuadras del agua.

Navegando hacia los fiordosRumbo a Cahuelmó

De madrugada, aún a oscuras, apuramos un contundente desayuno para iniciar el acondicionamiento de los kayaks. La maniobra es más precisa; los movimientos, más eficaces y las decisiones, más certeras. Hemos reducido el tiempo de carga y podremos navegar por un mar espejo que, a las 8:00, ha vuelto a acercarse hasta los timones. Uno a uno vamos sentándonos en la correspondiente escotilla, ajustando nuestros faldones, previa verificación de que todo está firme y balanceado. Y ¡a remar!, rítmica y gozosamente, viendo la proa surcar el mar, aún opaco por la bruma del amanecer.

Nos espera una aventura más dura: debemos avanzar 25 km. buscando eludir el viento sur que, esta vez, será más recio y hará al mar también más severo, debido al influjo del régimen meteorológico del Golfo de Ancud. Eso implicará una alta probabilidad de fuerte viento por estribor durante un par de kilómetros, posible marejada y sólo un punto muy estrecho de playa pedregosa donde refugiarse, más o menos a mitad del trayecto. Allí esperaremos que la marea alcance su máximo para poder navegar hasta el fondo mismo del próximo fiordo: Cahuelmó.

La estancia de pocas horas en la pequeña playa nos permite disfrutar de la belleza incomparable de los chilcos cubiertos de flores rojas y púrpuras, los enormes ulmos nevados de grandes flores, las misteriosas calillas de corazón rojo rutilante adheridas a los troncos y rocas de entrada a lóbregas cavernas, los millares de flores de los arrayanes, las enormes hojas verde claro de las nalcas y su curiosa columna floral, y la variedad de cantos rodados que constituyen la playa, como ejemplares de la enorme diversidad de materiales geológicos de esta zona castigada por cataclismos quizás cuántas veces en el tiempo.

La tarde avanza y ya es hora de volver al mar, un poco más movido pero con una promesa de sol insinuándose en la luz ambiental. Este aparece en el momento de enfrentar la boca del fiordo Cahuelmó, donde una colonia de lobos marinos , algunos cercanos a la media tonelada de peso, rugen advertencias que desoímos para tenerlos al alcance de nuestra curiosidad. Inician su escapada lanzándose en tumulto progresivo al mar, en el que se sumergen con la elegancia de un clavadista para luego asomar sus enormes cabezas por aquí o allá. La brisa sur, ahora de popa, nos sugiere improvisar una vela de plástico que, los tres kayaks aferrados, nos hace avanzar sin remar, a considerable velocidad, hacia el fondo que se ilumina cada vez más por el sol, mientras la marea llena la cuenca lo suficiente como para rebasar nuestro punto de destino -las termas calientes de Cahuelmó- y explorar los rápidos del río que viene desde la laguna Abascal. Volvemos río abajo, sacamos los kayaks y trasladamos la carga hasta el lugar de campamento, no sin antes subir las naves a sitio seguro.

Solos en las termas

Navegando por el mar calmo y brumosoPara acampar elegimos el interior del bosque, perfumado a arrayanes, protegido de vientos y al borde de la única fuente de agua dulce, escasa por la larga sequía que afecta la región. No hace frío. De hecho, no lo hemos sentido. El aire es fresco por el perfume a cortezas, flores y la brisa filtrada por el follaje de los enormes coihues, canelos, olivillos y laureles, bajo los cuales medran lumas, tepús, arrayanes y tepas . Musgos gris-celeste cuelgan de las ramas bajas de este bosque, a la vez que rojas medallitas y coicopihues adornan las horcajas de los más cercanos al curso de agua. No hay quila; el área es despejada y permite disfrutar de la belleza del bosque de troncos y matorrales floridos.

Entre bromas y dichos, mientras nuestro instructor prepara otra de sus suculentas cenas, siempre precedidas por un "picoteo", aprovechamos para disfrutar de las termas, ya sin los visitantes que, en lanchas, han venido desde lejos a bañarse en estas aguas ligeramente sulfurosas. La tarde está despejada; el cielo azul y los riscos de la cordillera, grises y abruptos, lucen su impresionante diseño y altura que sólo permiten vegetación en el tercio inferior. Vuelan cóndores allá muy arriba, mientras acá cerca, sobre una rama alta de coihue, un traro devora una pequeño animalillo. Un par de confianzudos y desaprensivos hued-hued , con su tenida café rojiza y sus negras cabezas, escarban la gravilla vecina al quincho donde cenaremos.

A medida que oscurece, las cantáridas inician sus incesante diálogos, escondidas entre chilcos y nalcas enormes. Algunas vuelan y una, de cobre y bronce bruñidos, se estrella contra mi ojo derecho, afortunadamente sin consecuencias. La luna está en creciente, las estrellas brillan como en pocos lugares y, una vez más, el mar se ha ido dejando sólo charcos que brillan débilmente gracias a los restos de claridad del atardecer. Cenamos y nos vamos a nuestras carpas. En la oscuridad, como sorpresa especial, advertimos el silencioso e intermitente lenguaje de lo que parecen ser luciérnagas, pero que resultan ser gusanos de luz.

Dormimos hasta las 8:00, hora de levantarse, tomar el generoso desayuno y aprovechar la baja del mar para cruzar el río y encaminarnos hacia la laguna Abascal, a unas dos horas y media de camino a través del tupido bosque. Allí ocurre aquello tan peculiar en este tipo de incursiones: pareciera que basta poder asir una ramita, que en ningún caso nos sostendría, para que nuestro equilibrio sobre el tronco se consolide y podamos sortear el largo tramo suspendidos sobre el agua o el fango.

El CampamentoPrograma preciso

Además de los permanentes gritos de advertencia de los chucaos , el bosque depara sorpresas de todo tipo: saltos, subidas, bajadas, pasadas muy angostas o muy bajas, troncos y raíces que ayudan o dificultan la marcha. Sin prisa, se pueden admirar los coicopihues, estrellitas del bosque y botellitas que adornan los enormes troncos húmedos.
En una prueba de esfuerzo, llegamos a laguna Abascal, tranquila, rodeada de bosque. El día, que amaneció nublado, comienza a mancharse de azul hasta que, al regresar, el sol hace la jornada de vuelta más calurosa y húmeda. Volvemos a vadear el río, ahora un poco más profundo por el inicio de la pleamar. Pero no hay dificultades mayores cuando atravesamos los rápidos haciendo una "araña" de cuatro tomados por los hombros, una manera segura y tranquila de sortear los resbalosos bolones del lecho de este río que luego será mar.
El resto de la tarde descansamos, planeando el día siguiente. Con el programa de ida completo sin contratiempos, es hora de estrechar lazos de amistad, comentar las experiencias del viaje y esbozar nuevos proyectos.

El viaje de vuelta, calculado para eludir el viento y aprovechar las mareas, se inicia a las 4.00 para estar navegando a las 7.00 con la madrugada cubierta por un estrato bajo de neblina que casi oculta el bosque. Iniciamos la remada con calma total. La travesía es sin escalas hasta el punto de inicio de esta aventura, con mar levemente rizada por una brisa sur-oeste que no alcanza a provocar problemas y terminamos la navegación en un tiempo algo menor que el previsto.

En el trayecto nos cruzamos con un par de muchachos en kayaks de fibra de vidrio, sin equipo apropiado. Pensamos en nuestro soporte de seguridad, radio de banda marina, GPS, tablas de mareas, mapas y cartas náuticas, bombas de achique, equipo volcamiento, salvavidas de seguridad, bengalas, en fin. Y, por sobre todo, en la planificación de la ruta ejecutada por YAK EXPEDICIONES, sus condiciones y las soluciones a las diferentes alternativas que pudieran plantear las características de la tan cambiante zona patagónica.

Antes de partir

Entre nalcasEn la oficina de YAK y previo al viaje nos reunimos para planificar todos los detalles que involucran un viaje a una zona climáticamente muy variable, donde hay muy pocas playas para acampar, donde predominan los acantilados y en la cual el conocimiento del efecto de las mareas es fundamental. Así cada participante conocería todos los detalles de una expedición que viajaría en forma autosuficiente, esto es, todos los equipos requeridos, de campamento, cocina, nuestra ropa, y la comida para toda la expedición deberían viajar con nosotros dentro de los kayaks.

Pudimos apreciar a través del análisis de los mapas y cartas la zona que navegaríamos y también de los peligros potenciales que existían. Justamente ese era el tema que más consideramos..... Para esto Juanfe nos comentó la importancia de utilizar la vestimenta adecuada, de contemplar una alimentación que nos permitiera recuperar nuestra energías, ya que muy posiblemente tendríamos que remar con lluvia, con viento, o incluso de noche para privilegiar un mar más calmo. Pero lo que más nos otorgó confianza fue la práctica de maniobras de rescate y técnicas de remado y avance que nos enseñaron antes de partir. Teníamos claro que estábamos viajando con gente experimentada en el tema y que ahora nuestro grupo sabría como reaccionar ante las eventualidades. Quedaba muy claro... sólo nos desplazaríamos si el clima lo permitía y si el grupo estaba en condiciones de hacerlo.

Habíamos elegido la opción de viajar self-supported o en forma autosuficiente ya que queríamos experimentar lo que significa realmente un viaje en kayak de mar... el ser protagonistas absolutos de cada una de las etapas del viaje, el sentir que estamos vivos ante cada remada, el demostrarnos a nosotros mismos que podíamos hacerlo.

Esa primera mañana frente al Fiordo Comau nuestro guía realizo un completo repaso de la logística, del día a día, de las alternativas de evacuación que teníamos, de cómo se utilizaba la radio y bengalas, de los puntos donde existía la posibilidad de acampar, y también, una a una las maniobras de rescate y avance. Por ejemplo teníamos señales realizadas con las manos para agruparse si las condiciones cambiasen drásticamente, otras para comunicarse ya que con el viento la voz no se oiría aun cuando estuviéramos muy juntos.... Volvimos a revisar nuestros kayaks, nuestras botellas de agua, los mapas y equipos de rescate a mano, nuestros salvavidas bien ajustados... estábamos listos.

Recomendaciones

  • DelfinPlanificar muy bien los sitios de campamento ya que predominan sectores acantilados. Agua para beber en abundancia. Considerar el efecto de las mareas y vientos cambiantes, principalmente los del norte.
  • Equipamiento para hermetizar comida y ropa
  • Vestuario en base a polipropileno y resistencia al agua (Polartec- Luggage, Helly-Hansen).
  • Carpas pequeñas (2 personas) , bajas, resistentes a lluvia con viento, varillas aluminio (mod. Himalaya-DOITE, mod. Attack-HANNAH) y, fundamental un toldo o Tarp (Taller KAWESHKAR).
  • Tablas de Marea, Mapas topográficos para Puerto Montt y reloj Casio SEAPATHFINDER (tiene las mareas, brújula, barómetro)
  • Radio Bandamarina ICOM y Botiquín Primeros Auxilios para Areas Remotas (vital)
  • EXPERIENCIA en viajes en kayak de mar en forma autosuficiente (criterios de navegación). y conocimientos de PRIMEROS AUXILIOS para áreas remotas .
    Se dice por ahí que " en el mar se aprende a rezar " .

Agradecimientos muy especiales a don Lucas Maldonado y su señora, Nora, por permitirnos conocer parte de su maravilloso mundo del sur.


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