Cañón del Colorado

"El sonido se hace cada día más
fuerte a medida que descendemos, y hoy nos encontramos sobre una
larga y abrupta caída de agua, con enormes rocas esperándonos
para destrozar nuestros botes. Hay una pendiente de casi 80 pies
por tercio de milla y las torrentosas aguas terminan en enormes
olas que se azotan contra la orilla". John
Powell, 13 de agosto de 1869
Hace más de 100 años, durante la explotación
del Gran Cañón del Colorado en 1869, el mayor John
Wesley Powell, veterano de la Guerra Civil, donde perdió su
brazo derecho, guió la primera expedición por el
río, en botes de madera. Hasta ese momento era una zona
inexplorada y misteriosa.
Hoy los amantes del descenso de ríos en kayak y balsa
lo consideran como uno de los ríos más famosos a
nivel mundial, junto con el Zambezi en Africa, el Yangtze en China
y Chile, el río Futaleufú y el desaparecido Bío-Bío.
Por casi 430 km, las paredes del Gran Cañón constituyen
uno de los monumentos naturales más finos de la naturaleza.
Protegidos por el Servicio de Parques Nacionales, las visitas se
limitan a no más de 20.000 personas al año y los
permisos para descender el río están en manos de
unas 20 empresas muy calificadas, que ofrecen viajes comerciales
de distinta duración. Para las expediciones privadas hay
tal demanda que se puede esperar hasta ocho años.
Exigencias
y Técnica
En diciembre pasado Giancarlo Guglielmetti y Juan Federico Zuazo,
dos experimentados kayakistas, fueron invitados por el neozelandés
Mike Savory para integrar una expedición internacional que
intentaría descender los 432 kms, del Cañón
del Colorado. De esa forma se convertirían en los primeros
chilenos en concretar esa máxima aspiración de todo
kayakista profesional. El neozelandés, a quien ambos habían
conocido durante un descenso del Cañón del Colca
(Perú), el más profundo del mundo, había esperado
ocho años para obtener la autorización. Los chilenos
tenían bastante experiencia: más de 12 años
descendiendo ríos, destacándose el Zambezi, el Cañón
del Cola, ríos en la selva ecuatoriana, el Bío-Bío
más de 37 veces y el Futaleufú, junto con una veintena
de otros ríos en Chile.
En mayo volaron con sus kayaks a Los Angeles y al día
siguiente, a Denver para reunirse con el resto del equipo, que
integraban 16 kayakistas –entre ellos 6 mujeres- de distinta
procedencia (neozelandeses, checoslovacos, ingleses), más
un guía norteamericano de la balsa de apoyo que transportaba
la comida y los equipos para el viaje de 18 días. La balsa
era una especie de catamarán gigante con un motor jet de
50Hp.
Descender el río Colorado no sólo significó estar
bien preparado técnicamente, sino que había que cumplir
con una serie de exigencias: demostrar conocimiento de técnicas
de rescate y experiencia en ríos voluminosos, y tener el
equipo apto para la expedición.
Antes de comenzar el descenso un ranger revisó que llevaran
todo lo exigido: baño químico, equipo de río
y de primeros auxilios, plancha metálica para las fogatas,
recipientes para la basura, radio, implementos para cocina, etc.
Además tuvieron que asistir a una charla informativa sobre
el lugar, su flora y fauna, los vestigios indios existentes -como
las ruinas Anasazi-, de asentamientos humanos ancestrales, y sus
lugares sagrados, a los que está prohibido acercarse mucho,
y los peligros potenciales, entre ellos serpientes cascabel, alacranes,
derrumbes, etc. Los mismos guardias vigilan el cumplimiento de
todas las normas tanto por el río como por el aire.
Respecto a la basura, “todo lo que entraba debía
salir”, incluso lo que iba dentro de los estómagos.
El fuego se encendía sobre la plancha metálica y
las cenizas también eran basura que tenía que ser
transportada. Luego de lavar platos y ollas con agua caliente,
detergente y cloro, había que filtrar la basura que quedaba
flotando en los recipientes antes de botar el agua al río
y se debía transportar hasta el fin del viaje junto con
el resto.
En este deporte, explica Zuazo, cada kayakista es responsable
de sus decisiones, puesto que desde el momento que se comienza
a “correr rápido”, sólo la habilidad
y, más que nada, la confianza y tranquilidad, lograrán
que el descenso sea exitoso o que se convierta en un gran problema.
Cada descenso es planificado con anterioridad respecto de las
características del río (pendiente, caudal, obstáculos,
accesos, temperatura del agua) y experiencia de los kayakistas.
Antes de correr un rápido se acostumbra a hacer un scouting,
es decir, mirarlo desde la orilla para identificar los obstaculos,
los puntos de rescate y las posibles rutas. “Nada es obligatorio
y nada se tiene que demostrar. Estamos acá para pasarlo
bien y disfrutar con los amigos “, es el lema de todos los
que tienen cierto grado de experiencia.
La Estrategia del Descenso.
La aventura en el río Colorado comenzó en Lee’s
Ferry, unos 16 kms, aguas abajo de la represa Glenn Canyon. Tenían
que enfrentar más de 160 rápidos, entre ellos los
famosos Hence, Granite, Crystal Rapid, Lava apid, todos grado 10
y reconocidos por su gran tamaño y dificultad. En esa parte
el ancho del río eran casi 70 m. y junto a su caudal daba
la impresión de que por más que remaban las maniobras
no producían el efecto esperado.
"Las murallas de roca que nos envolvían, las cascadas
que caían en el río, junto con la incertidumbre de
lo desconocido no dejaban de maravillarnos. Ver como desaparecía
una enorme balsa entre los rápidos era incredible. Olas
del porte de una casa a punto de reventar sobre la embarcación,
los kayakistas luchando por indicar la ruta mientras bajaban. Sin
duda que será inolvidable”, sostiene Guglielmetti.
El
descenso también tenía su estrategia. Los rápidos
más grandes los bajaban primero cuatro kayakistas los que,
luego de elegir la ruta para la balsa, esperaban en puntos claves
su descenso. Despues bajaba el resto, también en grupos de cuatro.
De esa manera cualquier inconveniente sería resuelto en
forma más oportuna y efectiva.
A parte del gran tamaño de los obstáculos, como hoyos
de más de 10 m. de longitud, contraolas y olas de casi 4
m., existían otros a los que no estaban habituados: los
enormes remolinos que se formaban al final de cada rápido
y que siempre tragaban a alguien del grupo, logrando que luego
de una ardua lucha por girar terminara con más de algún
náufrago. Además la temperatura del agua era muy
fría: casi 7º C. “Gran parte del descenso consistió en
tratar de atravesar verdaderas explosions de agua“, añade
Zuazo.
Desarmar el campamento y cargar la balsa demoraba alrededor de
2 a 3 horas. La comida se guardaba en cajas metálicas herméticas,
el agua, que escaseaba, en bidones, los equipos personales en dry
bags o bolsos de PVC herméticos y por supuesto, los baldes para
deposiciones, que al final fueron ocho.
Remaban alrededor de 30 km diarios. Rápidos de gran desnivel
se alternaban con extensos remansos que permitían rescatar
a los nadadores. A mediodía paraban en alguna playa a almorzar
voluminosos “sandwiches con todo” y luego de un breve
descanso continuaban bajando por el río. Los grandes hoyos
y burbujas de casi 5 m. de diámetro eran frecuentes. Todo
era grande, oscuro y profundo. Afortunadamente, la experiencia
y entrenamiento previo permitieron a los chilenos descender cómodamente
e incluso repetirse los rápidos más difíciles.
Al atardecer, sólo el equipo de cocina continuaba trabajando.
El resto, los últimos días dormían para reponerse.
Despues de comer cada uno lavaba sus cosas y ayudaba a terminar
pronto para juntarse alrededor de la fogata, contar historias y
planear lo que sería el próximo día. El grado
de amistad y compañerismo que se formó trascendería
el viaje y muy pronto se encontrarían descendiendo ríos
en algún lugar del mundo.
Publicado: Revista
Outdoors, Septiembre/Octubre 1999
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